miércoles, 4 de abril de 2018

EL AMOR ES UNA DAGA EN EL CORAZÓN


El amor es una daga en el corazón. 
Eso es lo que se ve en esta foto publicitaria. 



Pero diga si no es verdad. 
¿A quién no se le han atravesado dagas, cuchillos, machetes, cruces, crucetas, filos, espadas cuando se enamora y sangra cuando se despide? ¿Desde hace cuánto llevamos una cortada en lo más profundo, que no nos deja olvidar la historia vivida? 
“Mi historia entre los dedos”, qué imagen más cursi. La cursilería es un acto de cobardía, debería rezar en los portacabezas de los buses, en esos que se ponen sobre el espaldar.
Entre espalda y pecho late el corazón, con son propio. Apropiarse de los cinco sentidos de alguien, del “alguien significativo”. El amor tiene significados, y rimas, y juegos de palabras, y búsquedas. 
“Te busco, perdido entre sueños”, como cantaba la gran Celia, la "Guarachera" de Cuba. Cubano el alma de Ernest Hemingway, cuando decía “El hombre tiene corazón, aunque no siga sus dictados”. 
Dicto en este momento lo que va se desangrando a través de las palabras, de las mismas que usó Cortázar al escribir el Capítulo 7 de “Rayuela”: Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano”. ¿Será a la misma comisura a la que le habla Piedad Bonett?: “Boca para los besos dibujada / donde duerme tu lengua tentadora. / Todo el vino del mundo está en tu boca, / todo el pecado y la inocencia toda”.
Esto salió publicado en la revista del almacén de maquillajes y perfumes La Riviera. Maquillo la ansiedad ante la vida y la presento en empaque pequeño, como los perfumes finos que venden. “Son tus ‘perjúmenes’, mujer”, que nos cantan y nos encantan cuando nos tienen ganas. 
Título en El Tiempo: “Tenemos amor y ganas”. Eso lo dijo un futbolista y lo ratifican las parejas. ¿Envidia? De la buena, porque son envidiables las parejas que se tienen ganas en estos tiempos de escasez emocional. La emoción es el primer impulso que se siente ante el amor. 
No, no: el amor es un sentimiento. 
“El corazón late a mil”. Debe ser lo único que ahora está a mil, porque no hay economía sentimental que se mantenga a esos precios. “El petróleo alcanzó los 63 dólares por barril la semana pasada por motivos de ‘satez’ (¿sensatez?) económica en sus dos terceras partes y de locura política en el tercio restante”. El amor es un activo: es el combustible del alma, pero es un activo políticamente incorrecto. 
Y no hay sensatez alguna: le jode la cabeza a muchos. Sea quien sea. Cualquier persona; no importa si es político o mendigo. No distingue género ni condición ni procedencia. Como proceden Romeo y Julieta en su última sesión de amor. 
Por eso es una daga en el corazón.

jueves, 22 de febrero de 2018

LISTA PARA DAR EL SI... (CINCO AÑOS DESPUÉS)

Durante todo el día de hoy, tuve el permanente debate mental de si debía escribir esta columna. Pero como a mi me cuesta muchísimo guardarme las palabras y los sentimientos, pues qué mejor que escribir sobre ellos.

Hoy estaría cumpliendo cinco años de casada.

De manera amable pero poco prudente, Facebook me lo ha venido recordando en los últimos días, mientras revisa los comentarios, fotos y augurios de quienes nos acompañaban en la ilusión. Hasta que me muestra esta mañana lo que alguna vez pronuncié en redes sociales y que sería mi promesa de vida (hasta hace cinco años):



Puedo decir con orgullo que era una novia preciosa. Mis parientes decían que parecía Grace Kelly (la princesa de Mónaco, no tanto la actriz de Hollywood). Como la celebración fue en el Caribe colombiano, llegué en yate acompañada de mi papá; y me bajé temblando más por el susto de resbalarme de la embarcación, que de la decisión de casarme con ese apuesto y brillante príncipe extranjero.

Sin duda alguna, esta fecha siempre será muy significativa para mi. Honro este día porque, a partir de esa boda tengo cierta certeza sobre lo qué es un matrimonio, pero también qué no lo es.

En mis votos, yo hice una promesa: que a dónde fuera mi esposo, yo iría con él. Lo dije en español y en mandarín: al norte (bei), al sur (nan), al este (dong) y al oeste (xi), para que quedara claro que yo estaba jugada en el todo por el todo en este vínculo. Y también confié en que la premisa "hasta que la muerte los separe" fuera efectiva.

De las dos consignas, la primera sí fue verdad. Cumplí a cabalidad mi mandato personal y acompañé a mi marido hasta donde él quiso llevarme. La segunda... bueno, aquí estamos escribiendo estas líneas. Por fortuna, el amor no me mató, aunque sí llegó a herirme (literal y metafóricamente).

*****

Es posible que a partir de la historia vivida, uno quede algo (o bastante) maltrecho de lo que le dejó el matrimonio. Y es normal y esperable que eso sea así. Al fin y al cabo, es una derrota personal y familiar; un duelo que lo marca a uno para toda la vida. Ojalá así sea: que no se le olvide nunca por lo que pasó, para dar un mejor paso en el futuro.

Con esto no quiero darle razones a los escurridizos solteros y solteras para que sigan en un estado de tibia indecisión. Es más: uno no se tiene que casar por un rito y hacer una fiesta majestuosa como la que mis papás me pagaron en el Caribe. Como dice mi mamá: una cosa son las bodas y otra cosa son los matrimonios. Una boda es un sólo día y el matrimonio dura hasta que la paciencia alcance.

Al margen de bodas o matrimonios, yo creo que cada pareja debe honrar al otro con su compromiso y que cada uno debe resaltar sus individualidades, crecer juntos en compañía del otro -como la figura de las dos naranjas completas, no medias naranjas (idea por lo demás bastante reevaluada). Para algunos suena obvio y su vida en pareja es así de ideal. Pero eso yo no lo sabía, porque creía que mi personalidad debía acoplarse para que mi matrimonio funcionara y seguir cumpliendo el mandato de seguir por el mundo a mi amado.




Lo que también aprendí el día de mi matrimonio es la promesa de amar y respetar todos los días de la vida. Eso es muy bello pero es no fácil pensar en una eternidad, cuando en la realidad es un reto seguir casado día tras día. Creo que, en vez de ponerlo en términos intangibles de la perpetuidad de un matrimonio, se debería fomentar la idea que la eternidad se hace diariamente. Es en ese ejercicio permanente del amor y el aguante donde la pareja va viendo si en realidad la muerte es la que los va a separar; o más bien, una decisión concertada de terminar el vínculo. 

Como lo pensaba hace unos días: el matrimonio es lo mejor y lo peor que me ha pasado. Podría tener muchas razones para estar dolida; pero ha sido lo mejor porque haber pasado por ahí me ha dado información vital que no tendría de otra manera. Y, ante todo, para saber que el compromiso entre dos personas que se aman y se honran de manera consciente y decidida es más potente que la idea de que la muerte los va a separar.








martes, 13 de febrero de 2018

CHINA, PRIMERA ENTREGA: UN PAÍS PARA COGER CON PALILLOS

Cuando se ha vivido en el exterior -y más aún cuando uno se aleja de Colombia- guarda con recelo los recuerdos de su vida afuera. Para mi, la vida en la República Popular China está reservado en un espacio muy importante. Sí: China. Sí: casi cuatro años. No: no comí perro. Por eso, quiero empezar esta trilogía sobre China con lo que fue una experiencia que, como siempre digo, le "pone el cuero duro", como se dice vulgarmente; y lo hace muy fuerte en todos los sentidos.

Mi acercamiento a China fue mucho más que haber comprado ropa barata o electrodomésticos de regular calidad. Puedo decir que China es más fruto de un sentimiento y de un capítulo de tremenda exploración. Sin embargo, la decisión no fue una meta establecida o una promesa de vida que yo me hubiera propuesto. Por así decirlo, fue al seguir un amor, quien sí ansiaba saber qué era lo que estaba sucediendo en esa lejana parte del mundo. Y yo decidí a acompañarlo, con mis ojos vendados, pero con la mente muy abierta.

Voy a contarles algunos apartes de mi historia en China y con China. Hago esta diferenciación porque una y otra relación son totalmente diferentes: en algún momento el "estar-en" un país determina en parte el "estar-con", lo cual es determinante cuando se vive por fuera.

En 2011, mi pareja de esa época tenía por propósito ir a China a trabajar y vivir toda la experiencia asiática. Cuando se materializó esa oportunidad, yo simplemente fui notificada, sin tener mucho por protestar. Pero lo tomé desde una postura que me ayudó durante los años que viví allá: "si no voy ahora, no iré nunca". Esta es una one shot opportunity, una oportunidad que sólo se presenta una vez y no volverá. Así que me vendé los ojos e inicié mi incierto camino.

El aterrizaje a China fue el 4 de enero de 2012. Nuestro destino: Shanghai, "la Perla del Oriente", la que es considerada la capital económica del país; la metrópolis de 20 millones de habitantes (y contando); y el prototipo de cómo serán las ciudades en el futuro. Alucinante es la palabra que mejor la describe. Y aunque han pasado ya seis años desde eso, puedo recordar cada minuto desde la llegada del aeropuerto de Pudong y las primeras impresiones que todo me causó.

Lo primero que uno busca en el horizonte son montañas; algo de naturaleza, algo verde que le recuerde los Cerros Orientales de Bogotá o la Cordillera nevada que rodea a Santiago de Chile. Pero no es posible ser tan "montañero" (como dicen en la región cafetera cuando uno es medio campesino): sólo hay edificios, enormes, interminables, uno más grande que el otro. Hasta cuando alcanza a vislumbrar las imponentes torres de Lujiazui (léase Luyiatsué), la zona financiera y se da cuenta que ahí está en el futuro. Ante tal magnitud no pude cerrar la boca y dar crédito a lo que está viendo.

Pero esas magníficas obras de la ingeniería y de la más alta arquitectura no se comparan con el verdadero impacto que genera la multitud incalculable de la población china. Sí: uno ve muchos chinos. MUCHOS. No: no son iguales entre sí. Pero sí hay que tener un ojo curioso para encontrar sus singularidades y entender por qué somos tan diferentes entre westerners y orientales.

Un chiste que no debe morir (aunque sea impreciso) 

Mi primer día en China se pierde entre un jet lag insoportable, que dura alrededor de 24 horas continuas -mismas horas que se invierten viajando desde Occidente hasta allá. El segundo día ya recobré un poco mis sentidos y me envalentoné a recorrer mi sector. Salí de mi apartahotel, dispuesta a "comerme el mundo", literalmente: tenía un hambre tremendo después de sólo haber comido noodles feos en el avión de China Southern; pero no había muchas opciones para escoger entre la zona de enormes autopistas; y, como era obvio, yo buscaba algún tipo de comida occidental. Lo único que encontré fue un lugar de comida rápida china. Me pareció que pintaba bien y entré.

Primer golpe a la ingenuidad occidental:

El tablero ofrecía diferentes opciones, todas en caracteres chinos. Eso suena obvio, pero no, no lo es. Para escoger, uno tiene que utilizar el lenguaje de señas (muy útil para sobrevivir) y darle a entender al cajero que quería ese pollo que está en la foto, que prometía parecerse a lo que uno se comía en su casa.

Segundo golpe:

En efecto, llega la bandejita con el pedido. El pollo, tal como uno creyó que era. Pero no, era como los chinos suelen comerlo: crudo. Sí: no estaba cocinado. Lo salvaba el tazón de arroz que no se veía del todo mal. Y claro, los palillos chinos. Los insufribles palillos chinos o chopsticks.

Este video ilustra, tal cual, como fue ese primer impacto cultural y gastronómico -que nunca, nunca, podré superar:




Aunque no alcancé a comerme el arroz con la mano (que sí hacen en países como India, por ejemplo), la frustración por el pollo crudo y el arroz aglutinado que no se dejaba "pescar" por los palillos empeoró por la falta de cubiertos occidentales. Desde ahí empecé a tener la noción que Shanghai no era tan internacional como la pintaban y que seguía teniendo mucho de la China profunda, imagen que se fue asentando con los años.

Salí del establecimiento gastronómico con más hambre de la que llegué, pero seguía con la energía suficiente y me aventuré a entrar a un barrio tradicional que estaba en las cercanías. Además de hacer reconocimiento de terreno, se me ocurrió que ese era el mejor lugar posible para encontrar dos importantes piezas que no me podían faltar a mi llegada: unas tijeras portables (de esas que hacen en China) y unas pinzas para las cejas (de esas que uno sólo encuentra en almacenes de cosas chinas). Pues no: tuve que recorrer varias cuadras (que en Shanghai alcanzan casi un kilómetro) porque esas pendejadas no las venden en China.

Obviamente, al irme adentrando en ese barrio tradicional empecé a captar la atención de los lugareños, a los que trataba de explicarles por señas mi necesidad de encontrar tan útiles adminículos. Así que llegué a lo que podría ser una miscelánea (al estilo de las que hay en los barrios bogotanos), en donde un muy amable chino me ofreció lo que estaba buscando.

Las tijeritas que no me podían faltar
Unas muy útiles y necesarias pinzas



Tercer golpe:

Calcule usted un precio para unas tijeras y unas pinzas: deben ser baratas, y más si uno está en China, por supuesto. Pero no: no son baratas. Haciendo los cálculos, el señor me debió haber cobrado por ahí tres veces más de lo que costaban las pendejaditas.  Sí: los chinos son aprovechados y nunca -léase bien: NUNCA- pierden un negocio. Ahí tuve mi primera inocentada con los comerciantes chinos; y, a partir de eso, aprendí a negociar.

A partir de ese primer y algo accidentado acercamiento con mi nuevo hogar, empecé a entender poco a poco lo que es China (y que explicaré en la siguiente entrega): en primer lugar, que Occidente es aún ingenuo (e, incluso, arrogante) para entender a este gigantesco país. Creemos que algo "es barato" porque es Made in China, o que es un país ordinario porque aún lo juzgamos por los electrodomésticos de dudosa calidad.

En realidad, los westerners construimos una relación de amor-odio muy compleja conforme vamos viviendo (y sufriendo) a los chinos. Y es por esto que hago la referencia al inicio del temple que uno asume y "el cuero duro" que saca de la experiencia china:

Como occidental, uno está confrontado todo el tiempo a tratar de entender por qué China es así -pero siempre bajo los parámetros nuestros. Nos parecen absurdos, sucios, "atravesados", abusivos. Sí: son todo eso. Como decía un alto ejecutivo chileno que llevaba bastantes años allá: "lo único que tenemos en común con los chinos es el idioma"... Sí: no tenemos nada en común.

Ese aquel "estar-en" China al que hacía referencia marcó -durante esos tres años y aún hoy- influyó en mi relación con China:

Eso va desde las transacciones comerciales en el Fake Market (el mercado de las copias de carteras de diseñador y relojes de marca) y los fallidos intentos por regatear los artículos; el ser objeto de admiración y escrutinio por ser rubia y caucásica, al punto de convertirme en una desprevenida protagonista de los selfies de las adolescentes chinas; ser invadida en mi espacio personal, por la inimaginable cantidad de gente que se transporta en el metro de Shanghai (calificado como el mejor y más rápido del mundo); que mi carrito de mercado sea esculcado por los chinos que están muy interesados en saber qué es lo que comemos en casa; ver cualquier cantidad de escupitajos en el piso (sí: es asqueroso, pero es la verdad); y verse en peligro por la cantidad de motos y bicicletas que pueda imaginarse.

Pero lo más impactante que alguien pueda enfrentar en China es la barrera del idioma. Sí: es difícil. Es MUY difícil. La misma convivencia en el país me obligó a superar el lenguaje de señas y atravesar ese largo túnel que es aprender chino mandarín, la lengua oficial del país. Todavía me preguntó cómo hice para sobrevivir en esa primera etapa sin saber siquiera los números; y aún así, poder comprar cosas, mandar a arreglar zapatos, pedir que me hicieran el manicure y cosas de la vida cotidiana.

Pero como dice la frase, "la necesidad es la madre del ingenio, pero el coraje es el padre del progreso", me vi en la necesidad de aprender mandarín. Pasé por los cursos de la prestigiosa universidad Jiao Tong, por academias, profesores privados y cuánta clase pude tomar. Pero en el momento en el que sí creo haber aprendido fue a través de un método muy bien pensado que se llama Keyi ("puedo" en chino).

Debo decir que si bien no logro hablar de corrido, sí soy capaz de entender el contexto de una conversación en chino, y eso ya es una ganancia. Me he sorprendido a mi misma tratando de establecer una conversación sencilla con los chinos que me he encontrado en cualquier sitio, quienes se han sorprendido que alguien los salude con deferencia y que se esfuerce por aprender una lengua tan compleja.

Para redondear sobre mi inmersión, creo que la experiencia más significativa -junto con el aprendizaje del mandarín- fue haber trabajado en Shanghai. Aunque yo sólo quería a ser "esposa de expatriado" y dedicarme a trabajar por mi felicidad, debí ganarme la vida. Y eso a la larga me enorgullece y lo muestro en la hoja de vida como un interesante triunfo -que, lastimosamente, no ha sido del todo apreciado en Colombia-.

Empecé siendo traductora de inglés a español de textos técnicos; editora de una revista web para el público latino en China; profesora particular de inglés  y de español en la universidad Sanda. Pero uno de los trabajos que más disfruté fue como extra de novelas de época. Sí: salí en novelas. No: no actué y no tengo registros audiovisuales para poder alardear. Me pagaban lo suficiente para pagar el mercado, pero fue inolvidable: me peinaban y me ponían unos feos vestidos de los años 30, época donde se desarrollaba la historia. La producción nos ordenaba a los blancos posar como los extranjeros que vivían durante la ocupación francesa en la ciudad, mientras se desarrollaban las aventuras de las heroínas chinas. Era muy divertido y yo esperaba ser tan notoria para que me dieran un rol secundario. Pero no: me quedé esperando el papel de mi vida, que me sacara del anonimato.


Grabación de novela en el estudio ubicado en la provincia de Zhejiang - Fuente: South China Morning Post

Sé que sólo he contado a grandes rasgos lo que fueron tres años, porque la memoria hace un juego y reduce todo lo bueno, lo malo y lo regular del paso por China. Pero el país es, sin duda, mucho más grande e impensable de lo que podemos contar los que hemos vivido esa experiencia.

Por esto, le propongo al lector una visión más amplia para explicar lo qué es, en cierta medida, un país como China, que explicaré en las próximas entregas. Es mucho más que el mito de comer perro, los escupitajos y los vendedores aprovechados. Y, ciertamente, es mucho más que unas tijeras y unas pinzas Made In China. 


















jueves, 25 de enero de 2018

DISNEY Y PLAYBOY

Desde hace unos años, ha venido circulando en las redes sociales un gracioso meme que se ha convertido en una descripción que se aproxima bastante a la realidad:


Más que un chiste rápido, creo que esta imagen retrata una lectura "socio-cultural" muy profunda para quienes nacimos en el siglo XX, que hemos tenido muy presente la "cultura POP" de la que hacen parte tanto los dibujos animados de Disney y la estética femenina que la revista Playboy siempre ha presentado.

Al nacer y criarme como mujer -muy femenina que me considero (en los positivos y no tan positivos sentidos que eso conlleva)- esto impone un doble estándar de la mujer que es muy complejo para nosotras. Está claro que el prototipo de Playboy ha puesto durante más de 60 años pone una vara muy alta en términos de belleza física: allí han posado las mujeres más hermosas y sexies del hemisferio Occidental; y la primera en lista: la mujer más hermosa que ha dado este universo, Marylin Monroe.

La primera portada de Playboy (1953) - Fuente: NY Daily News

(Aquí debo reconocer que no conozco a profundidad la revista -salvo porque en la escuela de Periodismo se resaltaba la calidad de "las plumas" que escribían para la publicación: desde Ray Bradbury, pasando por Truman Capote -uno de mis escritores favoritos-, Gabriel García Márquez y, más recientemente, Haruki Murakami). Pero sé quiénes ha posado y cómo.

El segundo estándar es más complicado para las mujeres; y creo que es lo que nos sigue jodiendo la cabeza, el corazón y la autoestima:

Disney ha retratado durante muchas décadas las historias de mujeres que han vivido en la desgracia y con un futuro desesperanzador. Siempre "en la mala", con familias déspotas, desprovistas de cariño, ansiosas por un mejor devenir; que empiezan a alterarse, fruto de la angustia y la desesperación: se hacen amigas de enanos (que hartas ganas le tienen), hablan con los animales del bosque, dejan los zapatos tirados en las fiestas... Un desastre total, que uno ni siquiera quisiera tener de amigas.

La Bella Durmiente, Belle, La Cenicienta y... Frida Kahlo


Pero sus historias dan un giro; y, por arte de magia de las hadas, los ángeles, los duendes y cualquier otro ser irreal, sus vidas cambian y... voilá, ahí llegó el HOMBRE DE SUS SUEÑOS. Lo pongo en mayúsculas porque las princesas de Disney, que hasta ese momento estaban en la inmunda, han encontrado LO MEJOR qué les ha pasado en toda la vida, por los siglos de los siglos. Y sus historias nos dejan ese (sin)sabor de TODO en la vida va a ser MEJOR cuando llegue MI HOMBRE.

*****

Yo puedo decir que yo me casé con un príncipe. Sí, así es: rubio, ojiazul, de acento extranjero, muy encantador. Yo creí que había venido a salvarme la vida. Y, años después, yo tuve que salvarme a mi misma de ese príncipe; y no tuve un final feliz; pero supe salir de ese encierro, en donde la angustia me llevaba a hablarle a los animales (al pug Bugalú que ya les conté). Y ahí pisoteé el estereotipo absurdo de las princesas en desgracia y la creencia que las mujeres debemos esperar por "EL HOMBRE" de nuestros sueños.

Esta claridad me ha hecho reflexionar sobre la educación en autoestima que le estamos dando a las niñas: tengo dos sobrinas, una de 11 y otra de 5 años. Y veo que las dos tienen más claro que se están construyendo como pequeñas mujeres más centradas, más empoderadas, enfocadas en ser niñas con capacidades intelectuales y morales que las hacen más fuertes y resilientes; que en princesas que son criadas para que alguien les "mejore" la vida -ya sea emocional, económica o socialmente.

Los personajes del caricaturista chileno Alberto Montt, Laura y Dino (su alter ego)

Con el perdón de las madres y los padres de niñas que leen esto -que sé que hay muchos que auspician y ven con ternura disfrazarse a sus chiquitas como princesas- me gustaría hacer una humilde y sentida sugerencia: hay otras figuras femeninas que pueden ser rescatadas para proponerles a sus niñas, sin que pierdan la inocencia. No importa si la misma princesa sea Elsa, de Frozen (mi heroína favorita, lejos), pero que ese prototipo inculque mayores valores como la fortaleza, el carácter, la determinación y la autonomía. Porque eso es lo que están necesitando nuestras niñas, ante las absurdas amenazas de un mundo abusivo y oscuro.

En este mismo sentido, volviendo a Playboy, creo que el estándar de belleza que ha implantado Playboy y las revistas que le han seguido alrededor del mundo, sea sólo una imagen de una revista, y no incentive un deseo urgente por cambiar las apariencias físicas a como dé lugar; sólo para atraer EL HOMBRE que le va a cambiar la vida. Y, para los hombres, bueno... sigan buscando su Conejita Playboy. Depronto encuentren alguna que verdaderamente les cambie la vida.


















miércoles, 24 de enero de 2018

LA ALEGORÍA DEL CUARTO OSCURO

Hace unas semanas, fui convocada a una “Fiesta de Solteros”. Su anfitriona -una estupenda mujer de “armas tomar”, feminista y rockera, muy bad-ass- se sintió con la confianza suficiente para servir, eventualmente, de dulce Celestina, pero sin garantizar ningún enlace psico-sexo-emocional entre sus invitados, todos mayores de 35 años. Pero eso sí sin escatimar en licor, siempre necesario para despertar los ánimos más apagados y las personalidades más tímidas (o las más temidas).

En esa fiesta, conocí (o medio recuerdo haber conocido) a un personaje al que sólo llamaremos por su inicial: A. (Para guardar su identidad, no vamos a mencionar su género; puede ser hombre, mujer o “pecado”). Dentro de las conversaciones que se puede tener entre shot y shot de ginebra y vodka, logramos crear cierta afinidad; pero lamento decir que yo “caí” por culpa del traicionero alcohol y no pude mantener ni una conversación más. Hasta ahí llegó esa noche.

Dos días después, me levanto con tres peticiones de amistad en mi perfil de Facebook, algo extraordinario con los tiempos que corren. Eran tres personajes que habían frecuentado la fiesta: dos con los que ni siquiera crucé palabra, y el tercero, A.

Como es ya dinámica en las redes sociales, uno acepta, se hace una introducción -sosa, por lo demás, sobre cómo se gana la vida, qué tal va el día y más información banal, que uno termina copiando y pegando en el chat siguiente, por la pereza de gastar tiempo en la repetición-.

Sin embargo con A., la conversación fluyó en el curso de la mañana: mensaje va y viene por Messenger; hasta que uno de los dos, bien atrevido, toma el paso siguiente y propone seguir la conversación por Whatsapp… Todo un avance en la relación!

Fluyeron tanto las ideas y los puntos en común, que con A. decidimos vernos al final de la semana, para compartir ideas al calor de unos sexies Martinis. Para avanzar en la historia, se concertó en almuerzo extendido, en una deliciosa tarde soleada en Bogotá, que para mí es lo más cercano a la felicidad.

Maravillosa tarde, encantadora noche… hasta que uno se pone a filosofar sobre los inconvenientes y las angustias por buscar pareja después de los 35 años. En mi experiencia, como soltera “reencauchada” luego de un muy difícil matrimonio y un divorcio delicado, ha sido como estar en la montaña rusa del parque MundoAventura: uno se sube al carrito, creyendo que ya sabe cómo es el asunto; la subida es tensionante, pero cuando llega a la bajada vertiginosa, se da cuenta que nada lo había preparado para ese vacío tan inmundo.

A. describió de manera impecable ese angustiante recorrido de la soltería madura con una escena de terror (tal como montarse en una montaña rusa en Colombia):

“Es como lanzar un montón de adolescentes con vendas en los ojos en un cuarto… y muévanse… Finalmente todos se van a estrellar y a romper la nariz contra los muros y entre ellos. Después caminarán más despacio, midiendo cada paso con los brazos adelante esperando el golpe. Algunos se harán en una esquina y no se moverán; y uno que otro se encontrará de frente, de manera fortuita, y se abrazarán fuertemente tratando de no soltarse”.

Fotografía de David Teplica - Fuente: Cultura Colectiva
 La descripción es muy oscura, pero muy precisa.

Y en eso juega mucho la mediación que hacen las redes sociales como canal para encontrar a alguien; y, si le va bien, quedarse con esa persona por un tiempo (indefinido).

Soltera y soltero que se digne de serlo ya pasó por Tinder (o todavía escarba a ver qué encuentra, como un gallinazo a la carroña). Eso sí es como pasar por todos los estadios del ánimo: una autoestima desbordada por la atención; la líbido espléndida; una simpatía y donosura que no se la conocen en la casa… Como quien canta: “¿Quién pudiera tener la dicha que tiene el gallo?”

Así debería ser Tinder: gente real - Fuente: cívico.com


Pero en mi experiencia, Tinder es como un rito de paso que hay que cumplir para saber qué es lo que uno NO quiere en su vida.

No puedo desconocer que conocí gente realmente interesante: todos muy decentes (hasta que empiezan a acosar a las 10:00 am por fotos reveladoras); relativamente definidos en su vocación laboral, unos más claros en que querían sólo una conexión pasajera y uno que otro (rarezas para la red) buscando algo “serio”.

Yo lo digo sin tapujos: pasé por todo el rito y quemé, una a una, las etapas. Fue chévere y excitante, pero agotador. El “Sexting” exije mucho tiempo e ingenio; y repartir la agenda para verse con gente que ni siquiera es capaz de pagarle un Mocaccino en Juan Valdéz (pero, eso sí, sugiere lo agradable que sería ir a la casa de uno a pasar la noche) es un insulto a la inteligencia.

Es triste admitirlo, pero “la calle está difícil”, como reza un comentario afín a las chicas de la noche. Yo pensaba que sólo para las mujeres, que nos teníamos que dar codo a codo entre nosotras para conseguir “machuque”. Pero tal como me lo han dicho varios amigos hombres, para ellos no es muy fácil tampoco.

Por el momento, sólo logro llegar a una conclusión, que está también alimentada por lo que anotaba A.: entre más adultos nos volvemos, creemos que tenemos claro el panorama emocional; y que el intercambio psico-sexo-emocional que nos promete Tinder sólo termina por ahogar toda forma de profundidad. Y lo más triste: volvemos a ser esos adolescentes, temerosos de golpearnos nuevamente; pero que sólo tenemos la opción de quedarnos en la esquina, sin encontrarnos con nadie; o enfrentarnos al posible golpe que tenemos garantizado en la búsqueda de un nuevo amor.

TRAMITOMANÍA PANDÉMICA

En su libro de ensayo, “Pa que se acabe la vaina” (Planeta, 2021), William Ospina hace un retrato fiel y, a la vez, un tanto agobiante del E...