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domingo, 5 de abril de 2020

LOS ABRAZOS PARTIDOS

Acompáñenme a ver esta linda historia...

Hoy me pasó un cosa sorprendente, maravillosa y nostálgica al mismo tiempo. Un momento de *serendipia* y casualidad, que uno no cree que pase en estos tiempos donde todos los días parecen ser iguales.
Saliendo a hacer el paseo diario con Lulú, me encontré con Lina, una amiga muy significativa para mi, de la que me había distanciado hace unos años por cualquier razón. No vivimos cerca y yo le perdí la pista desde hace un buen tiempo. No había manera de prever que nos íbamos a encontrar en ese preciso momento, y mucho menos en un barrio prácticamente desierto.
La alegría de vernos fue tan grande, que automáticamente y sin pensarlo nos abrazamos muy fuerte, como siempre. 30 segundos después, caímos en cuenta que está totalmente prohibido tener un acercamiento físico menor a un metro de distancia por el riesgo de contagio del Coronavirus.

Al despedirnos -ya a una distancia prudente- nos disculpamos por el abrazo que nos dimos, pues nadie sabe si es portador del virus y si puede ser el foco de infección hacia otros.



Mientras le seguía el paso a Lulú en su paseo, tuve una sensación de alegría y tristeza al mismo tiempo -con lo contradictorio que eso sea:
Concluí que los seres humanos somos hechos del tacto. Que necesitamos del contacto directo para saber que la más hermosa forma de comunicación es a través de la manifestación explícita de gestos de cariño.
(Un poco cursi. Pero es así)


*****
Quienes me conocen en lo personal, saben que a mi me encanta abrazar profundamente a las personas que quiero, porque esa es mi forma de decirles cuán importantes son para mi. Darles las gracias, felicitarlos, acompañarlos en momentos difíciles lo hago con un abrazo estrecho. Transmitirles mi energía con ese intercambio de cariño.
De hecho, hay personas que recuerdan el abrazo que nos dimos en alguna ocasión. Y ese puede ser el mayor halago que pueda recibir: ser recordada por ese gesto tan mío y tan cotidiano, que hago de manera desprevenida pero con pleno afecto.
Pero también me gusta manifestar cordialidad a personas que no son tan cercanas por medio de un abrazo sincero, si la confianza da la oportunidad.

*****
Digo todo esto, porque creo que lo más duro y difícil de entender es el distanciamiento físico, por supuesto. Pero para mi, la imposibilidad de dar un abrazo a mis papás, a mis tres sobrinos, a mis hermanas, aún viviendo a menos de un kilómetro de distancia y cuando nos reuníamos diariamente a almorzar juntos.
A mi familia extensa en Pereira o en Cali. A mis amigos de la universidad; a las amistades que están en México DF, en Santiago de Chile, en Medellín, o en el barrio Pasadena de Bogotá. Incluso, a antiguos amores, a los que hoy añoro y a quienes me encantaría dar un abrazo.



Por esto, y si alguien me pregunta sobre qué es lo primero que quiero hacer al salir de todo esto, es a recomponer los "abrazos partidos" (como el título de la película argentina) que nos deja el Coronavirus.






sábado, 21 de marzo de 2020

ESTO TAMBIÉN VA A PASAR: LAS LECCIONES DESDE MI ENCIERRO

Hay circunstancias en la que uno cree que está pasando por *el* peor momento de su vida y que de esa no va a salir. Ve con amargura y tan corto de miras las posibilidades en las que está, y no ve claro el momento en el que superará ese estadio. 

Eso es muy humano, propio de nuestra fragilidad. No es sólo un producto de la idea floja del "vaso vacío/lleno/a medias", sino de una real incapacidad de saber que a la "vuelta de la vida," hay otra vida.  

Todo esto, en el escenario del temible Coronovirus -el que ha sacado todos nuestros mayores temores como especie humana, como el caer postrados en enfermedad y en riesgo vital- nos está imponiendo inéditos desafíos que sólo quienes les gusta, o que por cualquier razón, están obligados a estar encerrados entienden.

Yo sé qué es eso. Del estar reducido a un lugar, sin ser un recluso. Quiero contar por qué y qué saqué de ese episodio de mi vida. 



Hace cuatro años me sometí a un confinamiento voluntario durante un mes. Más bien, diría que semi-obligada, porque no era una situación en la que yo estuviera totalmente de acuerdo.  

A principios de abril de 2016, luego de declarar mi separación de quien fue mi esposo por seis años, permanecí semi recluida en nuestro flamante apartamento en Santiago de Chile, mientras el otrora consorte viajaba por negocios al exterior. Por un pacto de silencio que debí acatar sin muchos ánimos, no podía mantener contacto con mis pocos amigos ni con mi familia política, pues nadie en el entorno cercano podía conocer la decisión de la separación, hasta que pudiéramos hacerlo público ante nuestros conocidos. Puras insensateces propias de ex maridos narcisos.

Un mes en el que sólo contaba con la compañía amorosa de mi perro pug Bugalú. Durante los días, me dedicaba a recoger y organizar en maletas los vestigios de los dos años en los que viví en Chile y los cuatro que viví en China. Ropa, souvenirs de viajes y elementos personales que se iban conmigo a la otra vida, cuando ya terminara este episodio.

Un mes sola, sin hablar con nadie, sólo saliendo para pasear al perro, es duro.

Y aunque yo siempre he sido una persona solitaria -hija menor de una familia de cinco personas, bien "rueda suelta" (como se nos dice a las personas que estamos siempre unos centímetros aparte de nuestro núcleo)- tuve que sacar nuevas estrategias para asumir con entereza el encierro. 

Por esa razón, creo que la experiencia de ese mes sirve como entrenamiento para el confinamiento que debemos asumir para evitar la propagación del Coronovirus. Y lo importante de eso son las lecciones personales que recogí, y que quisiera ofrecerlas a manera de sencillos consejos, que ojalá puedan serle útiles a quienes lean estas líneas.


Hablando a tu corazón

Durante ese mes, que asumí como una transición entre una vida antigua y una por venir, hice varias cosas que me mantuvieron a flote. Es normal que, haber dado por terminado un matrimonio, se tome como un filo emocional que lo pone a uno en una situación muy frágil. Pero siempre hay recursos, materiales e inmateriales, que salvan la vida literal y figurativamente:

1. La conexión digital con los seres queridos, que acorta distancias, da alegrías, alivia la ansiedad y sirve de "colchón" a larga distancia. Incluso, también para discutir y poner las cosas en perspectiva. Mi sesión diaria con mis padres por Skype, que incluía videos en vivo de la sesión de almuerzo familiar, era pura felicidad.

2. La presencia de Bugalú, y de los perros en general, que a su modo simple nos enseñan a vivir el hoy y el ahora. De ese simple acto de pasear con ellos se aprende a reconocer el mundo cada minuto, del gozo que significa el poder disfrutar de cada cosa que exploran, por más cotidiana que sea. De ese *mindfulness* en el que ellos habitan, mientras los humanos estamos insertos en el *mind full*, lleno de pensamientos sin cesar, ruido mental y distracciones.

3. La esperanza de que hay un futuro diferente, a la vuelta de esa vida. La expectativa de que va a llegar una situación más favorable nos mantiene en pie, porque tenemos la ilusión de que estamos viviendo en una transición, que es un paso obligado e incómodo para llegar a un estado mejor. La esperanza de que algo diferente está por venir es lo que nos permite permanecer como civilización y lo que verdaderamente nos hace humanos. 

4. 



"Hasta ahora, has sobrevivido el 100% de tus peores días. Esto también pasará".

Esta idea es poderosa: todo pasa y todo se termina. Lo bueno y lo malo. 

Me sirvió para sobrepasar un divorcio. Asumir largos períodos de desempleo. Me ha permitido sobrellevar una dura ruptura sentimental de hace unos meses y que hoy me está ayudando a sanar el corazón, a pasos agigantados. Y ahora, sacar fuerzas de flaqueza para enfrentar lo que se viene con el encierro decretado por el gobierno colombiano para reducir al máximo el contagio del Coronavirus.

Pero para esto, la introspección es necesaria. Poner las cosas en blanco y negro, y revisar todas las gamas de grises que tiene cada circunstancia. Aquí, hago una sencilla recomendación de una terapia muy amena y agradable, que facilita la reflexión:

Tomarse unos licores, poner la música de su preferencia; y, por qué no, ponerse a bailar, que es una de las cosas que más me gusta hacer en la vida.

(Yo me tomé el bar de la casa por completo durante ese mes, debo confesar). 

Y sí, esos licores en soledad me sirvieron mucho para pensar en lo divino y lo humano. Por eso, yo recomiendo a manera de una terapia sana y entretenida, que quienes estén en pareja o solteros disfruten un momento para brindar por cualquier motivo, para disfrutar durante el encierro y motivar un encuentro.

Porque como decía George Orwell, "lo importante no es mantenerse vivo, sino mantenerse humano".

5. Y, por último, quiero dejar esta idea que para mi es muy poderosa y que me permitió ponerle fin a mi encierro en marzo de 2016 y darle el arranque definitivo a una nueva vida:

"Hay que aprovechar al máximo el momento presente, para conquistar esa eternidad que anhelamos". 

- Saturnino Gutiérrez, Presbítero

*****

CODA: 

Nos deseo a todos mucha fortaleza mental. Que a pesar de estar encerrados, podamos aprovechar este tiempo precioso que tenemos como individuos para crecer como especie. 

Para aprender de una buena vez cómo nos debemos relacionar con nosotros mismos, con los otros, con los que amamos y odiamos. 

De respetar y aprender a venerar la naturaleza, que nos está dando el "patadón" que nos merecemos por abusivos. 

Y, definitivamente, de una cosa sí tenemos que estar seguros: esto va a cambiar al mundo, para siempre. Nada va a permanecer, tal como lo conocemos. 

Como escribió el Dr. Martin Luther King: 

"Estamos atrapados en una red ineludible de mutualidad, atados en una sola prenda de destino. Lo que afecta a uno directamente, afecta a todos indirectamente."

Que así sea.

TRAMITOMANÍA PANDÉMICA

En su libro de ensayo, “Pa que se acabe la vaina” (Planeta, 2021), William Ospina hace un retrato fiel y, a la vez, un tanto agobiante del E...