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martes, 16 de abril de 2019

EL MIANZI (面字) CHIBCHOMBIANO

Uno de los aprendizajes más fascinantes que se adquieren al vivir en China son sus códigos culturales, sobre los cuales se fundamenta su sociedad. A medida que uno va abriendo la mente y va dejando el rasero occidental de lado para evitar los juicios de valor, se da cuenta que los chinos son mucho más complejos de lo que uno cree; y que todas sus actuaciones, públicas y privadas, tienen una razón de ser muy poderosa.

Uno de esos códigos es el de "Perder Cara", o en chino Mianzi (léase Mian-Tsí). Como explica Jesús Rosas en su blog, el concepto de *cara* hace referencia "a la imagen relacionada con la dignidad y el prestigio que tiene la gente en su círculo social. Es la identidad de la persona basada en la opinión de los demás. El qué piensa la gente de uno es extremadamente importante en la cultura china y por lo tanto se debe hacer todo lo posible por mantener este rostro o mianzi en alto". 

Jack Ma, el hombre más rico de China, con cara de poco Mianzi (Fuente:
https://www.ambito.com/jack-ma-ceo-alibaba-y-hombre-mas-rico-china-se-afilio-al-partido-comunista-n5001845:)

Una de las tantas maneras en las que los chinos evitan perder cara es ocultando una mentira o no reconocer que desconocen algo; y que, por tanto, no pueden quedar en evidencia ante el otro, mucho menos si es una persona de mayor rango social o un extranjero.

El ejemplo típico de esto es cuando un occidental está en China y necesita ir del punto A a un punto B; y como desconoce la ruta y no entiende los caracteres chinos, obviamente tratará de pedirle ayuda a un local. En el mejor de los casos, el personaje tendrá la mejor voluntad de ayudarlo, pero no necesariamente tiene la claridad para guiarlo. Pero como el chino evitará "perder cara" con el extranjero, le dirá cualquier cosa para no dejar en evidencia su ignorancia geográfica. Y así, con muchas cosas de la vida cotidiana. 

El Mianzi es un término amplio, que se puede extrapolar a otras situaciones de la vida social, que están basadas en las conexiones de la palabra ofrecida y la confianza puesta tanto en las relaciones cercanas como en la esfera de los negocios o en la política. Se da, ante todo, cuando alguien promete algo que sabe que no lo va a llevar a cabo, pero dice SÍ aún cuando la realidad sea diferente y la voluntad no se cumpla. O porque no puede, o porque no quiere. Pero de cualquier manera evitará perder cara. 

El Mianzi Chibchombiano

Tomo este elaborado concepto chino para aterrizarlo en tierras colombianas, porque creo que se ajusta bien para describir algunos comportamientos que hacen parte de nuestra realidad social, aunque nos cueste admitirlo.

Aún sin aceptarlo, hay una característica muy colombiana que es la de decir SÍ, porque a la gente le da pena decir que NO. Y en eso, aunque no lo crea, nos parecemos mucho a los chinos. 

En nuestra vida como país pseudo-democrático -y justamente ahora, que estamos a escasos meses de elegir nuevos Alcaldes y Gobernadores en las regiones- le exigimos a los candidatos que sean honestos y directos; que no dejen en letra muerta sus promesas de campaña y que cumplan con su palabra. Como corresponde.

Pero no hacemos la conexión entre exigir el cumplimento de las promesas de sus líderes y cumplirle a nuestros semejantes, a los que les hemos ofrecido algo, cualquier cosa, pero que sabemos que no lo vamos a llevar a cabo. Exigimos que esos candidatos sean tan correctos, transparentes y proactivos; pero no entendemos que la confianza se construye en la promesa hecha con nuestros mismos familiares y amigos. En cumplir con esas expectativas generadas a otros. En "conservar la cara".

En la vida real, en las relaciones interpersonales de todo tipo, no somos capaces de sostener lo que le ofrecemos al otro. En mi círculo cercano, de confianza y cariño, he visto tristemente una y otra vez las promesas incumplidas y en desconocimiento a la palabra empeñada. Obviamente eso genera antipatías y distanciamientos. Desconfianzas y malentendidos. 

Como bien "sobreactuados" que somos los colombianos, ofrecemos hasta el riñón, pero no logramos siquiera prestar un hombro para llorar. Sin parpadear, prometemos una ayuda activa para conseguirle trabajo a un pana jodido, pero nos da locha “quemarnos” haciendo ese favor.

Utilizamos casi a diario la expresión “¿cuándo almorzamos?”, pero no tenemos la mínima intención ni de invitar a un tinto de greca. Y así: nos hacemos los pendejos, porque no somos valientes para mantener lo que dijimos; y tampoco para sincerarnos y asumir de frente que no haremos lo que dijimos, y no perder nuestro Mianzi chibchombiano. (Ojo, no me estoy refiriendo al tema de prestar plata, que es un asunto delicado pero bien diferente). 

Para los que se preocupan tanto diciendo que “qué país le dejamos a nuestros hijos”, pues bueno: enseñen a cumplir la palabra. Y si no lo va a hacer, mejor ni lo diga. Como dicen los gringos: “show, don’t tell”. O como dijo Woody Allen en una de mis frases favoritas:




Estoy segura que, al que le parece exagerado esto, tampoco le gusta que le incumplan con lo que le prometieron. Por si no quiere o le da pereza hacer algo, dígalo. Como dice el muy acertado dicho colombiano: “mejor colorado una vez, que descolorido toda la vida”. 

martes, 23 de enero de 2018

DONDE NANCY

Dos libros de temas políticos están puestos en un mostrador. “Reelección, que el pueblo decida”*, de José Obdulio Gaviria, hoy Senador de la República de Colombia y antiguo asesor del presidente Álvaro Uribe. “Historia Viva”**, de Hillary Rodham Clinton, ex candidata a la Presidencia de Estados Unidos. Esta no es precisamente la estantería de la Librería Nacional del centro comercial Unicentro. Están puestos al lado de la olla de la bebida de masato, los pasteles de almojábanas y el salchichón cervecero que se ofrecen en la cafetería Donde Nancy, en el corazón de Corabastos, central de abastos de Bogotá.


"Historia Viva", libro de memorias de Hillary Rodham Clinton (Planeta, 2003)

Lo extraño no es, solamente, encontrar un libro en ese lugar. Es, también, descubrir a su propietaria. Doña Nancy, dueña y señora en todo el sentido de la palabra de aquel local de café, comida “y algo más”, es aficionadísima a los asuntos de coyuntura política.

“Me encanta leer libros de gente inteligente. En cualquier momentico que le saco al ‘gentío’ que tengo aquí, desde bien temprano, me pongo a leer. El de la Reelección me lo estoy leyendo porque soy hincha furibunda del presidente Uribe desde siempre; es que no hemos tenido más Presidente que él. Y el libro de Hillary es porque yo la admiro mucho: es una mujer que empezó desde muy abajo, y fue subiendo y subiendo hasta ser la persona que ahora es”.
- “Doña Nancy, me imagino que usted ha sido activista política...”
- “Nooo, m´ija. Nunca. Sí me gusta, pero de lejitos...”.

Habría que preguntarse, en efecto, qué tan lejos está Corabastos de esa dinámica política. Y es sorprendente, dado que las relaciones sociales aquí se basan en el negocio de víveres, no en el debate intelectual ni en la aproximación a las ideas políticas. Aquí se tranza y se avanza. Es claro que el poder en Corabastos lo da el manejo de plata, no la gestión pública. Doña Nancy, que llegó hace más de 35 años al lugar vendiendo empanadas, pudo arrendar un local donde pudiera poner la olla freidora –el mismo donde ahora vende RedBull y botellas de Chivas Regal a $120.000. 

Su local es el centro de reunión y tertulia de los dueños de puntos de venta de papa y fruta importada que buscan concretar los negocios y celebrar las ganancias del día: a las diez de la mañana, llegaron a Donde Nancy tres personas a pedir whisky, servidos en vasos de plástico, que se los bebieron cual aguardientes. Por cortesía, doña Nancy me ofreció un trago a mí también. Le agradecí el gesto, pero con lo caliente del lugar, preferí una botella de agua.

Donde Nancy es un buen punto para observar lo que sucede en el centro de Corabastos. Está fuera de los grandes paneles de venta de fruta y verdura, pero sigue de cerca lo hay adentro: las transacciones de dinero más grandes que puedan hacerse en un solo día, en el eje comercial de un país rural. La cafetería está al lado de los billares y tabernas que reciben a los clientes habituales, después de una intensa madrugada de labor, que es el punto de atención y pago de la lotería del día, que hoy juega cinco millones y lindos electrodomésticos.


Las gigantescas instalaciones de Corabastos, al suroccidente de Bogotá - Fuente: Periódico El Tiempo

En Corabastos parece como si las reglas del tiempo se invirtieran: se trabaja de noche y se descansa de día. Por eso, las puertas de la casa de apuestas Repoker y de los billares están abiertas desde las cinco de la mañana, hora en la que se cierra la jornada y se empiezan a abrir las primeras botellas de cerveza y aguardiente, y siguen destapándose hasta bien entrada la tarde.

A doña Nancy le dicen “la Mona” –un sobrenombre muy inusual, teniendo en cuenta que la población de Corabastos es, en su gran mayoría, de origen campesino e indígena. El contraste de un pelo artificialmente rubio con las cejas negras y unas larguísimas pestañas postizas, muestra lo que esta rubia trata de ocultar. De sus orígenes, que no son diferentes a los de las campesinas de largas trenzas, le quedan los ojos negros que le brillan cuando habla su única hija, su mayor orgullo. “Ella ya es politóloga de la Universidad Javeriana y está terminando economía en la Universidad Externado. Hizo una maestría en el Uruguay y es tan pilita ella, que hasta le propusieron trabajo en la embajada gringa”.

Mientras me cuenta los logros de su hija, gracias a su local en Corabastos, doña Nancy mira de reojo a los hombres que se tomaron el whisky de un tajo. Se nota que hay cierta tensión, por la forma en la que ella los recibe, pero no me atrevo a preguntar. El ambiente se calienta cada vez más. Finalmente, se anuncia la boleta ganadora de los cinco millones. El número 4292 ha sido el feliz afortunado, que se anuncia en el tablero colgado en Donde Nancy. Nadie dice o hace nada diferente a preguntar si su boleta ha sido la premiada esta vez.

Pero las miradas de los hombres hacen incomodar a uno de los integrantes del grupo de la rifa, un moreno altísimo que tiene puesta una ruana de campesino boyacense y que les pregunta a gritos que cuál es su problema. Los hombres se ríen de él. Doña Nancy se despide y le advierte en secreto a uno de sus dos empleados que no le vaya a dar más trago: hoy no está para aguantarse borrachos “dándose tiros” en la mitad de Corabastos. Sólo quiere leer tranquila. 


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*Editorial Planeta, 2004

**Editorial Planeta, 2003

TRAMITOMANÍA PANDÉMICA

En su libro de ensayo, “Pa que se acabe la vaina” (Planeta, 2021), William Ospina hace un retrato fiel y, a la vez, un tanto agobiante del E...