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martes, 9 de marzo de 2021

LOS 99,5 AÑOS

Hace unos meses caminaba por la calle con mi sobrina Elisa, que tiene ocho años. Hablando sobre su colegio y las materias que más le gustaban, yo le declaraba mi admiración por su especial talento creativo y su sensibilidad hacia el arte. Ella me respondió que, en efecto, lo que más le gustaba hacer era pintar, pero que también tenía muchos más intereses que quería explorar en su adultez:

- "¿Te digo algo, tía Pili? Yo no quiero tener hijos".

Tratando de disimular mi absoluta sorpresa por tremenda frase dicha por una niña de esa edad, incentivé a que me contara las precoces razones de su determinación.

- "Es que yo quiero tener siete trabajos. Mira, quiero ser astronauta, presidenta, artista, escritora... y otras cosas que no me acuerdo. Pero no me dejaría tiempo para tener hijos y cuidarlos".

Me dejó absolutamente consternada. Sólo atiné a decirle que esa era una decisión que aún no tenía que tomar y que todavía faltaba mucho tiempo para que eso pasara. Pero sí me aseguré en reforzar una idea fundamental para la autoestima: ella va a poder ser lo que ella quiera ser. Sin limitaciones, sin prejuicios, sin que nadie le limite lo que ella quiera para sí misma. Porque tiene un inmenso talento para todo.

Fuente: https://www.coolmaison.com/ilustraciones-bonitas/


Cuando yo tenía la edad de Elisa, esa idea no estaba presente en mi familia. Y entre las niñas y jóvenes de la generación a la que pertenezco, aún no era popular el pensamiento que bajo nuestra propia decisión podríamos convertirnos en el modelo de mujer que queríamos ser, sin restricciones de ningún tipo. No por lo menos en las condiciones sociales, económicas y culturales que hoy persisten.

Por eso, cuando oí la determinación de mi sobrina, tuve una mezcla de admiración y envidia. A mi nunca me dijeron que podía ser lo que yo quisiera. Ni que podía contemplar los sueños más ambiciosos, porque la insensatez no tenía cabida. 

***

A las mujeres se nos ha recalcado con los años, de manera explícita o implícita, que tenemos limitaciones reales. Que la competencia con el mundo masculino siempre va a la pérdida. Que los esfuerzos intelectuales, personales y laborales nunca tendrán el verdadero reconocimiento que se merecen. Y que la misma lucha con nuestras propias pares son un juego de "codazos", quién pasa por encima de quién, y de tener que asumir unos malogrados mecanismos para ascender en la vida. Sea vertical u horizontalmente hablando (if you know what I mean).

Que hemos accedido a lugares tradicionalmente masculinos, cómo no, y de maneras espectaculares. Que hemos abierto puertas antes cerradas, por supuesto. Que vamos abriendo caminos que no se habían transitado antes por mujeres, sin duda alguna. Los ejemplos abundan y nos causan absoluta admiración.

Pero a pesar de eso, cuando se ha descubierto que la brecha de género se demorará en cerrarse 99,5 años, y que la paridad de género en salario, trabajo, salud, seguridad social y educación se tomará casi un siglo en resolverse, es algo que tal vez sólo las niñas que sucederán a mi sobrina Elisa alcanzarán a ver por completo.


Ser mujer es un trabajo de tiempo completo 

Yo he vivido en carne propia lo que es la diferencia de salarios, y creo que la mayoría de mujeres en mi entorno también. He tenido compañeros con exactamente las mismas responsabilidades, cargas, trayectoria y tiempo invertido a los que se les ha pagado sustancialmente mejor que a mi. 

He conocido casos cercanos de quienes han sido despedidas sin justa causa por estar embarazadas, mientras a sus colegas masculinos se les ha ascendido. 

A muchas nos han descartado de oportunidades laborales porque en los ambientes a los cuales nos presentamos con excelentes credenciales ya hay "demasiadas" mujeres y prefieren un hombre para "equilibrar" tantas hormonas (esto es cierto: se lo oí decir a una antigua jefa mía cuando estaban seleccionando nuevo personal para la agencia de comunicaciones en la que trabajé hace unos años). 

O porque, eventualmente, en las oficinas de recursos humanos de las empresas detectan en nuestro registro laboral un proyecto "alterno" para crear una familia, lo cual representa muchos números para el empleador en términos de salud, licencias de maternidad, imposibilidad de removernos de nuestro sitio de trabajo a su discrecionalidad y otros "inconvenientes". 

***

En el contexto de la pandemia del Covid-19 y sus múltiples consecuencias, hay un nuevo/viejo elemento: el del trabajo en casa. Al estar 100% del tiempo encerrados, sin ayuda doméstica (si se tiene la opción de tenerla), el cuidado del hogar y de la familia se convirtió en una carga casi por completa para la mujer. 

Tradicionalmente, hemos sido las mujeres las que hemos sido enseñadas a limpiar, cuidar y mantener el entorno, pero no lo teníamos que hacer de manera permanente y casi de forma exclusiva.

Ahora, a la mujer se le ha recargado estas funciones, más la supervisión de los hijos y sus dinámicas escolares en la virtualidad. Hay que decirlo como es: son excepcionales los ejemplos de los hombres que han aprendido y asumido como propias las tareas de la casa. Pero por machismo, por pereza y por desinterés, han asumido que esas funciones son enteramente femeninas.



Aquí surge nuevamente un concepto que no ha sido tan difundido, el de la economía del cuidado.  Es el concepto de retribuir lo que por muchos años la mujer ha hecho, y que en términos económicos representa un valor real, como el de cualquier trabajo que requiera esfuerzo intelectual. Y que, en ese sentido, debería ser remunerado según el tiempo invertido. 

(Cómo será de importante, que el Departamento Nacional de Estadísticas -Dane- de Colombia, y la ONG Oxfam International crearon un simulador del trabajo doméstico, donde se puede medir el aporte y el tiempo invertido al trabajo del hogar).

***

Otro de los elementos más graves de la pandemia es el empobrecimiento real de las mujeres. Muchas de las que tenían un trabajo fueron despedidas, o por las condiciones familiares debieron renunciar. 

Dejaron de tener un salario, prestaciones sociales, una autonomía financiera que se habían ganado con esfuerzo. Han tenido que iniciar emprendimientos con sus propios saberes, retomando sus habilidades gastronómicas y de autogestión.

Pero ellas no se educaron para hacer eso, de forma permanente y como única actividad económica. Todas tienen carreras universitarias, estudios de posgrado, trayectorias en donde han sido exitosas y relevantes para sus campos profesionales. Y si bien no se amilanan ante lo que ahora tienen que hacer para hacerle frente a las dificultades de la pandemia, lo sienten como un duro retroceso en su progreso.


El cristal que se rompe 

Pero esto no es lo más delicado que está dejando la pandemia.

La obligación de la convivencia permanente y de situación de completo encierro de las familias, ha detonado una gravísima expansión de los casos de violencias en el hogar. 

Entre marzo y septiembre de 2020, se registraron cerca de 15.000 denuncias desde que se decretó la cuarentena nacional obligatoria en Colombia. 107 feminicidios. 25.000 víctimas de abuso sexual. Y los perpetradores conviven con esas mujeres. Ellas prácticamente duermen con el enemigo. 

El riesgo es real, tangible. Para su integridad física y su equilibrio mental. Una afectación a sus hijos. Y eso no tiene condición social ni económica exclusiva. No sólo ocurre en las clases bajas, porque en las medias y altas también son circunstancias que existen, pero que se callan en la privacidad del encierro.

El cristal que se rompe es la fragilidad de las mujeres que, en la intimidad de su hogar, corren tantos peligros como cuando están en la calle. Es lo que se quiebra cada vez que una niña, una adolescente o una adulta es violentada verbal, física, moral, psicológica o económicamente. O todas las anteriores, al mismo tiempo. 

La Alcaldía Mayor de Bogotá activó una línea, la 155, para que de manera gratuita las mujeres puedan pedir auxilio inmediato de las autoridades. Pero puede ser inoperante, pues si a ellas les limitan el uso del celular o, como siempre pasa, sus agresores se les revisan, no hay llamada que sirva. 

Pero con la intención firme de darles una verdadera protección a las mujeres en situación de vulnerabilidad, la Secretaría de la Mujer activó una interesante campaña en la que se alió con farmacias y supermercados para que, cuando ellas vayan a hacer las compras puedan dar una clave a los encargados de los almacenes para que así se active el proceso de protección y denuncia, en el caso que sea víctima de violencias. 

Sin embargo, aún no se sabe a cuántas mujeres ha podido apoyar esta campaña ni si ha sido realmente eficiente y efectiva a la hora de frenar este problema. 



El futuro, relegado (por ahora)

Dentro de todo esto, las más vulnerables en la cadena social son las niñas. Además de ser la "presa más fácil" de abusadores y perpetradores de violencias en su casa y en su entorno más cercano, son las que van a estar más relegadas en su avance educativo y sus posibilidades de formarse como profesionales. 

Muchas de ellas son obligadas a la ayuda doméstica, al cuidado de sus hermanos menores, a trabajos forzados y lo más aterrador, a embarazos tempranos no deseados, muchas veces producto de abusos sexuales. 

Por supuesto, los niños también corren con riesgos latentes en su casa. También son obligados a trabajar antes de cumplir la mayoría de edad. Pero está claro que sus pares femeninos tienen que asumir unos roles inadecuados, injustos y extemporáneos para su edad y sus condiciones. 

En este difícil panorama, el viejo e inútil debate de la lucha de géneros no contribuye a encontrar una solución, por lo que sí debe prestarse atención sobre la manera en la que las niñas pueden estar atrasándose nuevamente en lo que ya se creía ganado: su formación académica, en la elección de una vocación acorde a sus habilidades, a encontrar un proyecto de vida aparte de ser madres y estar dedicadas únicamente al hogar.

Mensajes como la autonomía femenina, el bien expandido concepto del empoderamiento (por no decir utilizado hasta el cansancio), la determinación propia y la elección personal que las niñas deberían tener como un derecho propio, deben difundirse a través de acciones muy concretas y certeras para ellas.

Mi sobrina Elisa tiene el privilegio de decir, a sus ocho años, que tiene varias opciones para elegir su camino personal y profesional. Puede que, a la larga, se dé cuenta que muchos de sus proyectos eran unas lindas fantasías, mientras se da cuenta que sus habilidades la llevarán a hacer otras cosas más factibles que ella igual tendrá la fortuna de escoger.

Sí: las mujeres podemos hacer lo que queramos. Ser lo que nos propongamos, así no nos hayan incentivado en nuestra propia infancia a pensarlo así. 

Pero hay otras niñas y mujeres que no tienen muchas opciones para escoger. Tal vez ninguna, o muy reducidas. Aparentemente. 

Para ellas es que deben volcarse las estrategias del Estado, del sector privado y la sociedad en todo su conjunto, para que esa brecha de género que ahora nos falta 99,5 años en superar se acorte al mínimo.

El verdadero desafío que tenemos es que todas las mujeres, las que están en ciernes y las adultas, puedan soñar con las opciones y posibilidades. Y que las puedan llevar a la realidad. Que esa sea su verdadera prerrogativa.

miércoles, 20 de marzo de 2019

¡CÓMO ME CANSA SER UNA MUJER!

Hace unos años, una antigua amiga del colegio escribió en Facebook una declaración sincera y desesperada, que se me quedó grabada por mucho tiempo. Era una declaración en la que verbalizó lo que muchas personas pensamos, o hemos pensado en algún momento de la vida, pero no nos hemos atrevido a manifestarlo, ni en privado y mucho menos en público. Pero ella lo gritó:



Sí, MUY es agotador ser mujer. Tener sentimientos de mujer carga a cualquiera.

Y, por favor: antes de que salten todas mis congéneres, mis sororas, mis hermanas universales y todas las damas de buenas costumbres que quieren pedir que me quemen en la hoguera, las invito a que hagamos esta reflexión desde la condición de ser mujer y la de nuestra contraparte, los hombres.

¡¿Feliz día del Hombre?!

Al parecer, nadie lo veía venir, pero se ha instaurado un Día del Hombre cada 19 de marzo, sólo unos pocos días de haber celebrado el nuestro, que ya es una institución cada 8 del mismo mes. Leí en alguna parte que la escogencia del día se debe al santoral, que le asignó a San José este día. Que su fervor se debe a que fue el proveedor de la Sagrada Familia, y que por eso simboliza la abundancia y la prosperidad para el devoto.

Debo decir que la asignación de esta fecha me pareció bonita y me conmovió. Como los hombres usualmente se molestan y se mofan del Día de la Mujer, pues me propuse publicar un mensaje cariñoso para felicitarlos:


De manera sorprendente, tuvo una buena acogida entre los contactos masculinos y algunos agradecieron el texto. Eso sí, ninguno salió a reclamar derechos; ni fomentar las diferencias entre 
los géneros; ni hablar de las "nuevas masculinidades". Todos tranquilos asumieron el mensaje sin hacer chistes fuera de tono ni hacer declaraciones vehementes en contra de las mujeres.

Yo creo que ningún hombre esperaba flores o una salida a cenar, ni llamadas, ni nada de lo que a las mujeres nos gusta recibir los 8 de marzo. Pero un pequeño reconocimiento a la masculinidad no está de más, porque las mujeres debemos admitir que los hombres sí hacen parte fundamental de nuestra existencia, en cualquier rol que ellos ejerzan.

Pesos y contrapesos

Hace unos meses, tuve una conversación muy interesante y profunda con mi sobrina Isabella (12 años). Ella se quejó de lo frustrada que se sentía con respecto a las niñas de su curso, que no la tenían en cuenta para socializar y la "ninguneaban" sin una razón clara. Para mi, esa descripción fue como haberme devuelto 30 años en mi propia vida: mi paso por primaria en un colegio femenino de Bogotá fue similar, porque no me fue fácil generar amistades y validarme con mis pares. Aún hoy tengo amargos recuerdos de ese ambiente y me genera animadversión.

Aunque los escenarios son parecidos, aún con una distancia de tres décadas, mi sobrina tiene la ventaja de estudiar en un colegio mixto de educación europea. Y ese elemento diferenciador fue la mejor parte de la charla: le pregunté si dentro de su salón había niños amables, juiciosos y "pilos", como es ella. Hizo un pequeño inventario de sus compañeros hombres, y cayó en cuenta que había hecho "buenas migas" con un par de niños con los que había estudiado.

Ahí estaba la solución para Isabella: la alenté a construir nuevos nexos con sus amigos hombres porque con ellos no tenía la necesidad de competir ni entrar a esa desgastante comparación entre quién es la niña más linda, la más sociable, la más "play" y demás atributos superficiales que nada aportan.

Para fomentar esta idea y generar confianza en ella misma, le conté mi propia experiencia con mis propios amigos del género masculino. Los míos los he venido "coleccionando" con los años, primero desde el colegio mixto en el que estuve por un tiempo en la adolescencia; y se ha perfeccionado con los años, gracias al paso por la universidad en dónde construí amistades entrañables con hombres maravillosos a los que quiero profundamente. (Aclaro, para evitar suspicacias: sin haber tenido ningún tipo de acercamiento adicional a la simple amistad).

Mi mensaje final para Isabella fue: construye relaciones sanas con los amigos hombres. Ellos serán quienes te acompañen a las fiestas, serán tus parejas en los bailes y te cuidarán. Pero más importante aún, es que te darán elementos de juicio diferentes a las amigas mujeres, las cuales siguen siendo absolutamente imprescindibles. Pero los hombres te ofrecerán una visión de mundo diferente, más sopesada, libre de envidias y las hipersensibilidades con las que cargamos las mujeres. Ellos son, en definitiva, un contrapeso ante el peso de ser mujer, pero sin dejar la feminidad y las virtudes de ser mujer.

Hipersensibilidades a flor de piel

En la primera visita que realizó el presidente colombiano Iván Duque a Estados Unidos fue acompañado por su esposa María Juliana Ruíz. Como era de esperarse, esa era la ocasión clave para que la Primera Dama luciera lo mejor del diseño nacional y marcara tendencia en la moda, pero de manera discreta como ella lo es.

Esta era una reunión fundamental para Colombia, pues se iban a discutir temas de altísima relevancia para la política y la economía. Pero todo eso pasó a segundo lugar porque la vestimenta de la señora María Juliana acaparó las noticias, las redes sociales, y las discusiones entre amigos y familiares por su mala elección en el outfit elegido, que la dejaron malherida con la crítica despiadada.

No diré nada más. Juzguen ustedes.
Fuente: https://www.semana.com/nacion/articulo/las-duras-criticas-que-recibio-la-primera-dama-maria-juliana-ruiz-por-su-vestido/601175
Debo decir que yo dediqué dos días enteros a analizar su "pinta", a colgar cada meme que salía y a satirizar la vestimenta de la Primera Dama. Muchas personas hicieron lo propio y se convirtió en un asunto de interés nacional. Reí por horas e hice comentarios que llegaron a lastimar las sensibilidades de algunas mujeres, incluyendo a las de mis círculos cercanos.

Uno de ellos es el de un grupo de amigas del colegio con las que estoy en permanente contacto. Todavía con el "fashion emergency" vigente de la señora María Juliana, se suscitó una conversación en nuestro chat que empezó haciendo algunas observaciones sobre la vestimenta y de cómo una mujer de tanta importancia para el país se vestía de manera inadecuada, para convertirse en una crítica muy aguda a mi manera de tratar a las mujeres, a partir de mis agudos comentarios en las redes sociales.

A partir de eso, creo haber recibido el mismo nivel de crítica que yo le dediqué a la Primera Dama por parte de mis amigas, pero con la diferencia que a mi sí me dolieron los comentarios, porque venían como "fuego amigo" de mis compañeras.

Pongo este ejemplo reciente, pero hay mil más, para llegar a esta conclusión:

Sí, nosotras somos duras al observar a otras mujeres. Nos preciamos de ser solidarias y apoyar a nuestras pares, pero es cierto que las mujeres cargamos con envidias y somos llevadas de nuestro parecer. Esto hay que admitirlo de manera franca: así es la naturaleza femenina. Yo, por lo menos, lo asumo así, porque soy, pienso y actúo como mujer. Para bien y para mal.

Aunque amo ser mujer, y no me imagino cómo sería ser del sexo opuesto, debo decirlo también. Sí: me cansa ser mujer. A veces también quisiera tener un chip de hombre para equilibrar de alguna manera los sentimientos de mujer.

No es mucho pedir, ¿no?













TRAMITOMANÍA PANDÉMICA

En su libro de ensayo, “Pa que se acabe la vaina” (Planeta, 2021), William Ospina hace un retrato fiel y, a la vez, un tanto agobiante del E...